Hola amigos. En nuestro ya conocido viaje por varias zonas de Galicia, el último día emprendimos una leve salida nocturna por el casco viejo de Santiago la cuál recordamos nostálgicamente desde el punto de vista culinario. Realmente en unas vacaciones, llega el momento de decir hasta aquí en lo que se refiere a alternar y a picotear en los bares y restaurantes de cada zona que visitábamos. El cuerpo te pedía salir sólo un rato simplemente a tomar unos vinos o unas copillas, o por el contrario ayunar y descansar en la habitación. La semana había sido dura en este sentido y tampoco nos definíamos con claridad en lo que ya nos apetecía tomar. Sabíamos que nos íbamos a encontrar más de lo mismo, marisco, carnes, pescado etc y a lo mejor algún plato caliente, pero a priori no nos apetecía mucho. Hasta pensé en proponer ir a un italiano, wok o algo parecido para cambiar un poco de registro, pero no sé, me parecía que estaba fuera de lugar para un día y medio que nos quedaba de este maravilloso viaje. No aprovecharnos de la oferta era un error. Así que sólo fue pensarlo.
Así que de entre toda la increíble oferta existente, nos estrujamos el cerebro y descubrimos en el final de la tarde (en el finish line) que había una cosa que realmente nos apetecía tomar, y eran comernos unos ricos mejillones al vapor que todavía no los habíamos probado en serio por estas tierras norteñas. Luego os podréis imaginar, que por culpa de los mejillones la cosa se complicó ya que entre vino y vino los mejillones pasaron a convertirse en un excelente primer picoteo o plato porque hubo alguno más, eso sí, sólo raciones, pero todo muy agradable. Estábamos en Galicia, y eso era un poco previsible. Vamos por partes.
Sabíamos la fama que tenía la famosa calle Rúa do Franco por el tema de los restaurantes, vinos y raciones, de ahí su famoso recorrido Paris-Dakar (dos bares que se llaman así y cada uno en un extremo de la calle). Pero decidimos no hacerla entre otras cosas por eso, por la desgana y porque lo vimos demasiado ambicioso. Teníamos ganas eso sí de echar un vistazo general y fue andar un poco y darnos cuenta de que empezaba haber ambiente, sobre todo en las calles paralelas a ésta y en algunas callejuelas que surgían de la misma. Curioso esto ¿verdad?, pues es que había mucho mejor trajín que en la conocida rúa, y eso nos mosqueó. Así que decidimos dejarnos llevar por el aire que se respiraba de vinos y raciones, empezando por el supuesto final, la zona del Dakar.
Lo hablamos y lo tuvimos claro, era Viernes por la noche y no pensábamos entrar en sitios dónde no hubiera nadie. El Dakar estaba desolado, así que no entramos porque aunque no teníamos idea alguna de los bares de la zona, esta práctica suele funcionar. Empezamos por comernos esos apetitosos mejillones en un pequeño y viejo bar llamado Trafalgar (especialidad de la casa en tigres rabiosos) el cuál habíamos visto de paso después de comer camino de la famosa catedral. Al entrar lo reconozco, había cuatro gatos, mal empezamos pero aquí íbamos hacer una excepción. Nos habíamos obsesionado con el tema, y menos mal, los mejillones al vapor, y no sus famosos rabiosos (que luego probamos), fueron la mejor elección de toda la noche. La salsa de los rabiosos pese a estar buena, para algunos de nosotros picaba bastante (a mí me picaba lo justo), para otra vez porque estaban muy buenos.
Pronto empezó a llenarse el bar de esa mezcla tan especial de oriundos y guiris propia de capitales como Santiago, y nos empezamos a encontrar en un ambiente como el que se pretende, nutrido, cálido e informal. Tenía el bar esa curiosa mezcolanza de gentes, procedencias y una curiosa jukebox en el que se podía estar tomando un vino y estar escuchando (y a buen volumen) desde un etéreo extended mix del Material Girl de Madonna hasta el clásico highway to hell. Pero bueno, anécdotas aparte, el bareto tenía solera y personalidad propia, eso sin duda.
Sobre los mejillones, oohh, os podemos garantizar que han sido los mejores mejillones al vapor que hemos probado en mucho tiempo. Bastante limpios (aunque nunca es poco), finos, tiernos, bien cocidos y la verdad es que muy grandes (detalle del palillo), algo de lo que normalmente me retracto de comprar y que el propio bar me demostró que estaba equivocado. La música, la abundante cerveza y esos vinos blancos gallegos que quitaban 'el sentío', nos arrancaron de nuestros adentros esa chispa que te empieza a subir por las venas y que te descubre improvisados apetitos y viejas anécdotas.
Pues efectivamente, cayó una segunda tanda, y hubiéramos pedido más, pero estábamos aún al principio del recorrido y os reconozco que no teníamos que haberla pedido porque al final nos la comimos sólo Eladio y yo y nos llenó mucho.
¡Ah! y de precio regalado (4,50€ la ración), un lujo. Destaco eso sí la 'mala follá' de alguno de los que nos atendió, pero se compensa con la sorpresa de haberlo encontrado y haber disfrutado tanto.
De aquí torcimos hacia la famosa taberna El Gato Negro. Una chica nos dijo que era la taberna más antigua de Santiago, supongo que será verdad porque desde luego así lo parecía. Era un sitio tan viejo y parco en decoración que se respiraba ese olor tan añejo pero tan entrañable y que hemos olido tantas veces saliendo por aquí por Madrid.
Caímos en las redes de pedir Ribeiro de la casa el cuál no nos gustó, pero por contra y por suerte, pedimos unos maravillosos percebes gallegos a un precio más que razonable (15€ los 100gr). La verdad es que fue un acierto, porque también nos apetecía probarlos pese a que a nosotros (mi chica y a mí) no nos hacen demasiada gracia. Y algo curioso, al poco rato de estar en este sitio descubres que el mismo tiene ese encanto especial que mucha gente ve y que al entrar no sé, como no te esperas. Además de ver como en algunas mesas la gente se pone tibio de marisco, la rapidez y el buen hacer de los dueños, te llega a convencer. El sitio a todo esto, se llena muy pronto.
De aquí saltamos a un bar (María Castaña), el local nos gustó mucho en cuanto a decoración y también su carta que la tenían fuera y podías fisgar. Estaba llenísimo, y nos hicimos de chiripa un hueco en la barra, así que pasamos sin reparo (la foto está tomada al salir).
Aquí fuimos de cabeza a por el famoso queso ahumado San Simón da Costa con anchoas y aceite de arbequina, algo que resultó estar extraordinario como el pan que nos pusieron (Garbancita, gracias por enseñarme el queso).
Luego probamos un queso de tetilla con parte de búfala que nos gustó, pero menos. Aquí desde luego os recomendamos pedir otra variedad como el queso de tetilla de la casa que se lo vimos pedir a una pareja, y la pinta y el corte eran bárbaros. Aquí pedimos varios albariños y nos fuimos aproximadamente a la hora, cuando bajó de gente.
Al salir de este local, pensamos ir a otro lado más para darle fin al viaje, pero al subir la calle principal vimos que el ambiente crecía pero los cuerpos nos decían otra cosa. Era curioso ver como los camareros de algunos restaurantes de la rúa do franco estaban fuera a la caza de que alguien entrara, pero dijimos que no, y nuestros cuerpos se resentían de los esfuerzos físicos y espirituosos de la noche. Así que hicimos el último esfuerzo y acabamos tomándonos relajadamente una última copa en el acogedor y bonito Café Casino. Aquí repasamos nuestro viaje, y nos fuimos pronto a dormir.
En el tintero quedan muchas historias, muchas situaciones, muchos platos esparcidos por muchos bares. Poco a poco os iré contando todo lo más destacable.
Salud.



















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