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05 diciembre 2008

PLUM CAKE CASERO

Hola a todos. Mi hermano me ha enviado por correo las fotos y la receta de plum cake casero que hemos hecho toda la vida en mi casa, y que él ha hecho recientemente para que lo publicáramos en Mercado Calabajío. Yo hace mucho tiempo que no lo pruebo, pero recuerdo ese gran bollo como si lo estuviera probando ahora mismo, esponjoso, surtido y dulce. Una maravilla que ahora que no lo tengo por casa, se echa de menos.

Sabemos que sus orígenes se remontan a cuando hace más de 20 años un matrimonio amigos de mis padres (José y Felipe) le pasaron la receta a mi madre. Pero no sabemos mucho más, lo que si sabemos es que no han existido plum-cakes previos a este en nuestra casa.


Bueno, pues ya sabréis que el plum cake es un bollo socorrido y de fácil preparación, para hacerlo mi hermano utilizó una harina que compramos en Galicia (Santiago de Compostela), y que al parecer resultó muy apta para este tipo de repostería (como bien indica su etiqueta). Así que todos muy contentos, y el que más el plum cake. Los resultados aquí os los dejo entonces, con las explicaciones y fotos de mi hermano que son bastante aclaratorias.

Los ingredientes son 5 huevos frescos medianos, 1 limón, 1 naranja, 250gr de azúcar, 200cc de aceite de oliva refinado (o girasol), 375gr de harina floja (normal), frutas escarchadas, pasas sultanas, un puñado de nueces, mantequilla y un sobre de levadura Royal.


Primero se engrasará con mantequilla un molde grandecito o bien dos pequeños (saldrá mejor) y después se 'fumigan' los mismos con harina.


Viértanse ahora cinco huevos en un bol y sobre ellos la ralladura de una naranja pequeña y un limón, que han de estar limpios, tersos y brillantes. Antes de rallar la naranja se echará también su zumo. Así que primero la naranja...


Y luego el limón...


Ahora se bate todo con las varillas, y después se vierten 250gr de azúcar blanca.



Batir de nuevo la mezcla y a los pocos minutos echar 200cc de aceite que puede ser de girasol o de oliva fino. Obviar el virgen. De nuevo batir.


Acto seguido se pesan 375gr de harina floja (casi imposible de identificar con seguridad en este país, aunque sean las más habituales) y sobre ésta habremos vertido un sobre de gasificante. Se vuelve a batir.



Aquí un detalle, el motor de la batidora puede calentarse mucho con este batido, así que la última fase se puede hacer manualmente (os lo recomiendo).


Se pelan ahora unas nueces y/o almendras y/o piñones o la combinación de ellos y se mezclan con pasas y cubitos de frutas escarchadas. Dejaremos algunos frutos secos para decorar en la superficie cuando vertamos la masa en el molde.



Dependiendo de la harina podremos observar que la mezcla final queda clara, en cuyo caso echaremos algo más de la misma para que espese pero cuidado. Lo única pericia que hay que tener en este dulce es quizás intuir esto, y luego claro está, ver cuando está hecho por dentro una vez cocido, pero por lo demás va todo rodado. Por tanto, os comento lo de la harina porque si la mezcla flojea, todas las frutas se irán al fondo quedando al hornearse, horripilante a la vista.




Ahora se vierte la mezcla en el molde sin prisas, echar las almendras y al horno, colocar el molde en un piso mas bien bajo.




En mi horno (no muy moderno) lo he dejado 55 minutos, los cinco primeros minutos a 250 grados y el resto a 210 grados aproximadamente.


Al transcurrir el tiempo, se hace lo típico del palillito y se palpa/huele para ver si está consistente.


Si queda por fin seco, se saca, se desmolda y a los pocos minutos yo lo meto en una bolsa de plástico para que se reblandezca y la textura quede más homogénea.


Y hala, a comer...


Esperamos que os haya gustado.

¡Salud y buen puente!.

04 diciembre 2008

DE VINOS POR SANTIAGO DE COMPOSTELA

Hola amigos. En nuestro ya conocido viaje por varias zonas de Galicia, el último día emprendimos una leve salida nocturna por el casco viejo de Santiago la cuál recordamos nostálgicamente desde el punto de vista culinario. Realmente en unas vacaciones, llega el momento de decir hasta aquí en lo que se refiere a alternar y a picotear en los bares y restaurantes de cada zona que visitábamos. El cuerpo te pedía salir sólo un rato simplemente a tomar unos vinos o unas copillas, o por el contrario ayunar y descansar en la habitación. La semana había sido dura en este sentido y tampoco nos definíamos con claridad en lo que ya nos apetecía tomar. Sabíamos que nos íbamos a encontrar más de lo mismo, marisco, carnes, pescado etc y a lo mejor algún plato caliente, pero a priori no nos apetecía mucho. Hasta pensé en proponer ir a un italiano, wok o algo parecido para cambiar un poco de registro, pero no sé, me parecía que estaba fuera de lugar para un día y medio que nos quedaba de este maravilloso viaje. No aprovecharnos de la oferta era un error. Así que sólo fue pensarlo.


Así que de entre toda la increíble oferta existente, nos estrujamos el cerebro y descubrimos en el final de la tarde (en el finish line) que había una cosa que realmente nos apetecía tomar, y eran comernos unos ricos mejillones al vapor que todavía no los habíamos probado en serio por estas tierras norteñas. Luego os podréis imaginar, que por culpa de los mejillones la cosa se complicó ya que entre vino y vino los mejillones pasaron a convertirse en un excelente primer picoteo o plato porque hubo alguno más, eso sí, sólo raciones, pero todo muy agradable. Estábamos en Galicia, y eso era un poco previsible. Vamos por partes.

Sabíamos la fama que tenía la famosa calle Rúa do Franco por el tema de los restaurantes, vinos y raciones, de ahí su famoso recorrido Paris-Dakar (dos bares que se llaman así y cada uno en un extremo de la calle). Pero decidimos no hacerla entre otras cosas por eso, por la desgana y porque lo vimos demasiado ambicioso. Teníamos ganas eso sí de echar un vistazo general y fue andar un poco y darnos cuenta de que empezaba haber ambiente, sobre todo en las calles paralelas a ésta y en algunas callejuelas que surgían de la misma. Curioso esto ¿verdad?, pues es que había mucho mejor trajín que en la conocida rúa, y eso nos mosqueó. Así que decidimos dejarnos llevar por el aire que se respiraba de vinos y raciones, empezando por el supuesto final, la zona del Dakar.


Lo hablamos y lo tuvimos claro, era Viernes por la noche y no pensábamos entrar en sitios dónde no hubiera nadie. El Dakar estaba desolado, así que no entramos porque aunque no teníamos idea alguna de los bares de la zona, esta práctica suele funcionar. Empezamos por comernos esos apetitosos mejillones en un pequeño y viejo bar llamado Trafalgar (especialidad de la casa en tigres rabiosos) el cuál habíamos visto de paso después de comer camino de la famosa catedral. Al entrar lo reconozco, había cuatro gatos, mal empezamos pero aquí íbamos hacer una excepción. Nos habíamos obsesionado con el tema, y menos mal, los mejillones al vapor, y no sus famosos rabiosos (que luego probamos), fueron la mejor elección de toda la noche. La salsa de los rabiosos pese a estar buena, para algunos de nosotros picaba bastante (a mí me picaba lo justo), para otra vez porque estaban muy buenos.


Pronto empezó a llenarse el bar de esa mezcla tan especial de oriundos y guiris propia de capitales como Santiago, y nos empezamos a encontrar en un ambiente como el que se pretende, nutrido, cálido e informal. Tenía el bar esa curiosa mezcolanza de gentes, procedencias y una curiosa jukebox en el que se podía estar tomando un vino y estar escuchando (y a buen volumen) desde un etéreo extended mix del Material Girl de Madonna hasta el clásico highway to hell. Pero bueno, anécdotas aparte, el bareto tenía solera y personalidad propia, eso sin duda.


Sobre los mejillones, oohh, os podemos garantizar que han sido los mejores mejillones al vapor que hemos probado en mucho tiempo. Bastante limpios (aunque nunca es poco), finos, tiernos, bien cocidos y la verdad es que muy grandes (detalle del palillo), algo de lo que normalmente me retracto de comprar y que el propio bar me demostró que estaba equivocado. La música, la abundante cerveza y esos vinos blancos gallegos que quitaban 'el sentío', nos arrancaron de nuestros adentros esa chispa que te empieza a subir por las venas y que te descubre improvisados apetitos y viejas anécdotas.

Pues efectivamente, cayó una segunda tanda, y hubiéramos pedido más, pero estábamos aún al principio del recorrido y os reconozco que no teníamos que haberla pedido porque al final nos la comimos sólo Eladio y yo y nos llenó mucho.


¡Ah! y de precio regalado (4,50€ la ración), un lujo. Destaco eso sí la 'mala follá' de alguno de los que nos atendió, pero se compensa con la sorpresa de haberlo encontrado y haber disfrutado tanto.


De aquí torcimos hacia la famosa taberna El Gato Negro. Una chica nos dijo que era la taberna más antigua de Santiago, supongo que será verdad porque desde luego así lo parecía. Era un sitio tan viejo y parco en decoración que se respiraba ese olor tan añejo pero tan entrañable y que hemos olido tantas veces saliendo por aquí por Madrid.

Caímos en las redes de pedir Ribeiro de la casa el cuál no nos gustó, pero por contra y por suerte, pedimos unos maravillosos percebes gallegos a un precio más que razonable (15€ los 100gr). La verdad es que fue un acierto, porque también nos apetecía probarlos pese a que a nosotros (mi chica y a mí) no nos hacen demasiada gracia. Y algo curioso, al poco rato de estar en este sitio descubres que el mismo tiene ese encanto especial que mucha gente ve y que al entrar no sé, como no te esperas. Además de ver como en algunas mesas la gente se pone tibio de marisco, la rapidez y el buen hacer de los dueños, te llega a convencer. El sitio a todo esto, se llena muy pronto.


De aquí saltamos a un bar (María Castaña), el local nos gustó mucho en cuanto a decoración y también su carta que la tenían fuera y podías fisgar. Estaba llenísimo, y nos hicimos de chiripa un hueco en la barra, así que pasamos sin reparo (la foto está tomada al salir).


Aquí fuimos de cabeza a por el famoso queso ahumado San Simón da Costa con anchoas y aceite de arbequina, algo que resultó estar extraordinario como el pan que nos pusieron (Garbancita, gracias por enseñarme el queso).


Luego probamos un queso de tetilla con parte de búfala que nos gustó, pero menos. Aquí desde luego os recomendamos pedir otra variedad como el queso de tetilla de la casa que se lo vimos pedir a una pareja, y la pinta y el corte eran bárbaros. Aquí pedimos varios albariños y nos fuimos aproximadamente a la hora, cuando bajó de gente.


Al salir de este local, pensamos ir a otro lado más para darle fin al viaje, pero al subir la calle principal vimos que el ambiente crecía pero los cuerpos nos decían otra cosa. Era curioso ver como los camareros de algunos restaurantes de la rúa do franco estaban fuera a la caza de que alguien entrara, pero dijimos que no, y nuestros cuerpos se resentían de los esfuerzos físicos y espirituosos de la noche. Así que hicimos el último esfuerzo y acabamos tomándonos relajadamente una última copa en el acogedor y bonito Café Casino. Aquí repasamos nuestro viaje, y nos fuimos pronto a dormir.

En el tintero quedan muchas historias, muchas situaciones, muchos platos esparcidos por muchos bares. Poco a poco os iré contando todo lo más destacable.

Salud.

03 diciembre 2008

EL CAMBIO DE ACTITUD NECESARIO

Ahora recuerdo cuando nada más comenzar nuestro reciente viaje a Galicia estuvimos visitando las Médulas en el Bierzo (León). Al acabar, estuvimos buscando un bar poco turístico y que nos dieran de comer algo rápido y sin grandes pretensiones. Nos faltaba por ver una cueva y no podíamos demorarnos mucho con la luz, que había que dormir a 100kms en una casa rural en las inmediaciones de Monforte de Lemos. Tras buscar por el pequeño pueblo y dar algunas vueltas, nos metimos casi sin querer en esta casa de comidas que yacía detrás de unas casonas dónde una mujer vendía miel mientras veías su leñera llena de tarros llenos y berzas. El cartel del sitio, estaba a la vuelta y es el que veis en las fotos.


Al llegar, la casa era preciosa, en el mínimo hall del sitio divisamos su modesta carta manuscrita con varios platos de primero y de segundo realmente apetecibles, pero queríamos rapidez, y entramos a preguntar. Nada más entrar, nos advierten educadamente que no hay bocadillos pero que sí platos variados. Decidimos entonces entrar y comer lo que sea porque se nos echaba la hora encima, y elegimos entre la poca pero buena oferta que tenían. Esperamos hasta que nos toman nota y nos traen los huevos de corral con patatas fritas, la empanada de la casa, y el caldo berciano. Nos comemos todo frente a una chimenea preciosa que funcionaba a toda mecha.

Así de a gusto veíamos como pasaban los minutos, y nos iban trayendo las cosas. Pedíamos los platos, los recogían, nos cantaban los postres (que ya no tenían leche frita), luego buscábamos a la chica para pagar etc... en total tardamos ¡casi dos horas!. Madre mía, era para que te diera algo. Pero ellos tan tranquilos, y con razón. Vaya prisas que traíamos de Madrid y que prontito se nos iban a quitar. Estos ritmos eran pasmosos aunque por otro lado, nos encontramos conforme transcurrían los días, que eran tan habituales como acertados. ¿Qué prisas teníamos que llevar aquí si podíamos estar disfrutando de una buena sobremesa, una buena chimenea y del principio de unas buenas vacaciones?. Ninguna. Si no podíamos ver la cueva, pues para otra, que al final mira, llegamos a verla.

¿El precio del mesón?, de risa, éramos cuatro y salimos alrededor de los 10€ por barba, con cervezas, cocacolas y un café. Los huevos con patatas mágicos, la empanada buena y el caldo bueno, justo y necesario, estaba todo rico..


En definitiva. Nos encontramos de repente en otro mundo, paz, pocas prisas, hilo musical de fondo, esa chimenea, mesas juntas y cómplices, paredes frías y rústicas, los clientes disfrutando de los chupitos, atención personal de la chica que nos atendió (vestida de calle), carta escasa pero muy casera etc etc. Las vacaciones tenían que ser así, y parece que el destino quiso que cambiáramos drásticamente desde el primer día. Aunque nos siguió costando acostumbrarnos a los nuevos ritmos, lo hicimos, y ya nos hacíamos la idea que para desayunar podíamos tardar 1 hora y media, para comer 2 horas y pico, y para cenar, cenar lo que se terciara.

Teníamos que disfrutarlo, porque en una gran ciudad como Madrid no sabemos hacerlo. Aquí no hice fotos a los platos, ni recuerdo el nombre del sitio, sólo quisimos empaparnos por momentos de ese karma, y cambiar rápido de actitud. Así lo hicimos.

Y una anécdota, para que os hagáis una idea de lo recóndito de esta casa de comidas y de lo humilde de los propietarios, al pedir coca cola light la chica muy simpática nos dijo 'no tenemos cosas raras', oye, ¡qué desconexión! no nos lo podíamos creer. Nos reímos mucho y nos lo guardamos como es lógico para comentarlo en Madrid.

Salud.